Todo se acabó cuando mi padre “perdió el juicio” al dejar a mi madre por una obrera que trabajaba en la misma planta procesadora de mariscos y crustáceos. Mi madre era un poco mayor que él y los cuatro hijos que tenía que cuidar –dos niñas y dos varones- no le dejaban tiempo para dedicarse a él, el macho recio de la casa, el proveedor, el obrero ejemplar, que corría raudamente, con su cuerpo atlético, espartano, por los gélidos y resbaladizos pasillos, doce horas al día, de lunes a sábado.
En esta pequeña ciudad del archipiélago, las dueñas de casa desconfían de los turnos de noche de sus maridos, pero lo aceptan, como parte de la vida, del destino, de los designios de nuestro señor y la virgen. Sin embargo, mi madre comenzó a dudar de mi padre la semana en que empezó a llegar un poco más tarde que de costumbre, a eso de las doce de la mañana, muy cansado pero al mismo tiempo relajado, feliz, silbando incluso. Aunque mi madre no encontraba forma alguna de cuidarnos a todos, entre llantos, desorden y ollas humeantes. Solo yo, el mayor, me encargaba de ayudarle todo lo posible junto a mi hermano, un año menor.
Mi padre decía que le estaban dando más trabajo, que no le quedaba otra. Mi madre le creía o al menos hacía como que le creía.
La confianza se trizó el día en que escuchó un rumor más o menos cierto. Una muchacha joven, que lideraba una línea de trabajo con pesa, calculadora y planillas en mano, estaba metiéndose con su marido. No lo podía creer, pero tampoco le preguntó, por temor a los golpes que en más de alguna ocasión escuchamos nosotros, sus atemorizados hijos.
Pero las cosas se aclararon una lluviosa mañana de jueves, cuando llegó con unas marcas rojizas en el cuello. Esa mañana de agosto, él se hizo el tonto, mientras mi madre se puso a llorar. Mi padre subió al segundo piso e hizo sus maletas. Le pregunté qué pasaba. Me dijo que se iría de la casa, pero que pagaría una pensión alimenticia. Le pregunté por qué hacía esto. Sólo me respondió: “Me voy del archipiélago pero vendré a verlos cuando pueda”.
Desde esa mañana las cosas se pusieron más difíciles que nunca. Mis padres se separaron, vendieron la casa –en un barrio obrero cercano al matadero de la ciudad- y nos fuimos de allegados a la casa de mi abuela materna, una señora media sorda que peleaba a cada momento con mi madre. “Inepta”, era lo más suave que le decía cada vez que discutían en la estrecha cocina, con vista a uno de los cerros de la ciudad.
Con el dinero de la venta de la casa matrimonial nos salvamos de quedar en la calle. Aunque mi abuela materna no nos alojó gratis. Nos cobró por todo y le ayudó bien poco a mi madre. “Estoy muy vieja para criar nietos”, le dijo. Nosotros cuatro junto a mi madre alojamos hacinados en una cabaña de dos piezas, al lado de la casa de mi abuela.
Nos costó aceptar la partida de mi progenitor, quien, según supimos después, se fue a vivir al norte con la tipa esa. Nos mandaba cartas, algo de dinero y frascos con papayas al jugo. Lo único rico que comíamos porque mi madre no tenía tiempo para cocinar como antes. Tuvo que buscarse un trabajo que le diera dinero sólo para pagarle a una señora que criaba a mis hermanas más pequeñas, mientras nosotros dos, con mi otro hermano, íbamos al colegio en la mañana, comíamos en el establecimiento y en la tarde jugábamos con nuestros vecinos en las calles cubiertas por ripio, piedras y mucho barro en el invierno.
Nuestra bella familia se había ido a las pailas, lo cual yo, sobre todo yo, lamenté mucho. Porque antes éramos pobres pero eso no importaba, porque igual éramos felices. Nuestro padre se preocupaba de nosotros, nos traía regalos –“engañitos”, decía él- comprados en pequeños y destartalados bazares de la ciudad, donde las ofertas tenían faltas ortográficas y eran escritas con plumones de color negro sobre cartulinas celestes. Con poco dinero, mi madre nos preparaba platos que le quedaban exquisitos. Sus niñitos envueltos –hechos con carne y hojas de coles-, sus estofados de cochayuyo, sus preparaciones de luche con papas mayo, sus curantos en olla, sus pantrucas –“pancutras” les decía-, sus milcaos, sus chapaleles y sus chochocas no tenían nada que envidiarle a las sofisticadas preparaciones de Ferrán Adrià. Ella se preocupaba de comprar y hacer trueque en mercados, terminales de buses rurales, en algunos de los dos muelles de la pequeña ciudad donde vivíamos y en localidades campesinas emplazadas al norte del archipiélago, donde conseguía productos baratos con los cuales hacía kuchenes y mermeladas caseras, con grosellas, frutillas, frambuesas, manzanas, avellanas, murtas, mosquetas y moras –“murras”, para ella-. Ni hablar de los “pois” sacados del bosque y de las nalcas y chupones que traía cada verano de la playa, donde incluso extraía machas y choritos; nosotros cuidábamos a nuestras hermanas. La leche asada era su obra cúlmine, postre digno de ser probado por Anthony Bourdain, el chef superstar a quien admiro.
Sin embargo, todo se acabó con la separación y con el ingreso forzado de mi madre a las filas de obreras mal pagadas de la ciudad. Con suerte los domingos nos recordaba tiempos mejores, al preparar un kuchen o el pan casero que tan bien le quedaba, con esa pizca de manteca de chancho con llidé. Un par de veces repitió su noble hazaña. Pero un domingo mi abuela la paró en seco y le prohibió meterse en su territorio: la cocina que compartíamos de mala forma con esta iracunda mujer de setenta años. Y así nos acostumbramos a comer todos los días del año las desabridas y mal aspectadas preparaciones de mi abuela, que era capaz de hacer una cazuela con dos gramos de carne y un almud de papas, porque bueno, somos isleños y tenemos que comer papas, el alimento primario de la dieta local.
Las cosas siguieron así, al menos durante cinco años. Pero todo cambió cuando mi madre tuvo la oportunidad de ir a una de esas fiestas que organizan en el segundo piso del cuerpo de bomberos, donde conoció a un camionero, de quien se enamoró. De a poco el camionero nos fue conociendo y conquistando, trayéndonos dulces en cada visita a la casa, al mismo tiempo que esquivaba con total naturalidad los comentarios pesados de mi abuela.
Cada vez lo sentíamos más cercano; incluso yo lo veía casi como a un padre. El broche de oro lo puso la tarde de primavera en que nos invitó al salón de té de la panadería de unos inmigrantes alemanes quitados de bulla y nada de elitistas, donde nos compró unos exquisitos pasteles y nos dio también unas calugas morenas, de ésas que le dan fama al local. Allí nos convenció, con humildad y cariño, que él podía ser un padre para nosotros y un buen marido para mi madre. Siempre escuché a mis parientes decir –sobre todo mujeres- que los hombres que les gusta lo dulce son buenos maridos. Y en este caso se cumplió a cabalidad ese dicho. El camionero nos dio techo y educación –ya estábamos todos crecidos y podíamos ir al colegio solos-, pero además hizo que la reina de la cocina retornara a su palacio de ollas, sartenes, hornos, preparaciones, alimentos sencillos y especias. Mi madre nuevamente nos hizo recuperar el gusto por la vida, por la comida sencilla pero bien hecha, sabrosa. Con ella también descubrí mi verdadera vocación.
Años después estudié cocina y me convertí en un chef, no superstar como Bourdain pero al menos muy apasionado y comprometido con mi trabajo. Actualmente trabajo en un pequeño restaurant de mi ciudad natal, donde me dedico a contar, en español, inglés o mapudungun, las historias detrás de la comida insular a los turistas que quedan encantados con las recetas de mi madre, que yo interpreto a mi manera, un poco más profesional, como se dice, con ese solapado desprecio academicista. Para ello, no sólo cocino, también investigo, converso con mucha gente y leo todo sobre el archipiélago, desde guías turísticas, artículos periodísticos, libros de historia oficial, literatura, crónicas e incluso cuadernillos de la historia, hechos por niños de localidades y comunas que les preguntaron a sus abuelos sobre el pasado.
Con los niños envueltos los clientes alucinan. Más que el sabor, les encanta el nombre y la historia que les cuento, de cómo los buscadores de oro en una localidad costera -cercana a la ciudad- apreciaban este plato que les hacía mi madre cada vez que acompañaba a mi abuelo materno (que en paz descanse), en esa infructuosa cacería del metal dorado, en medio de la lluvia invernal y frente al mar, con sus espumosas fauces, hídricas y salobres.
Cuento: Gómez Guenchor. Fotografía: ídem.
Hola amigo con tu relato me he sentido identificada ,te cuento soy chilena pero muchos años fuera de mi pais y asi como tu viví mi infancia y adoscencia ..eran cosas típicas de nuestra aporreada patria ..gracias amigo por recordarme mi niñez aunque dura forma parte de mi personalidad .saludos desde europa .Ani
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