
Durante un viaje en bus entre Valdivia y Ancud leí gran parte de la novela “El Libro Negro” de Orhan Pamuk, escritor turco cuya prosa encanta por su descripción pormenorizada de aquellos objetos, situaciones o personajes que merodean por las calles de Estambul, mezclando modernidad con tradición.
En este novela policial y best seller –lo cual no me desanimó para nada; dejemos el purismo para los críticos - se entrecruzan textos antiquísimos y tradicionales, amor por el periodismo y la literatura, política y por supuesto se menciona de vez en cuando al Bósforo, atractivo fluvial que me recuerda a mi ciudad adoptiva, Valdivia, cuyos ríos son maravillosos y dignos de ser inmortalizados por artistas e historiadores.
Como me pasa con Vargas Llosa, Pamuk destaca por ese amor por los detalles de la vida, por atender esos susurros que sólo escuchan quienes se detienen un momento a develar los recovecos de la identidad local mezcladas con esas grandes marcas de automóviles o de otros famosos productos o servicios. Diversidad que hacen que la vida sea más entretenida y menos monótona con sus diálogos y/o contradicciones entre mainstream y under (o indie), entre establishment y contracultura, entre culto y popular, y sobre todo en este caso, entre Occidente y Oriente –no olvidemos que Turquía es un país euroasiático, forma parte de la región donde se ubica la compleja península de Los Balcanes y en algún momento de la historia fue cabeza del gran Imperio Otomano-.
En ese contexto, me gusta mucho el final de esta novela: “Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo”.
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