domingo, abril 03, 2011

Conversación en la Catedral


En los tiempos que corren, en que abunda lo fragmentario, la brevedad del mensaje de texto o los comentarios en Facebook o Twitter, no es fácil embarcarse en la aventura de leer una novela como “Conversación en la Catedral” del destacado peruano escritor Mario Vargas Llosa.

La ventaja de la nouvelle -o novela corta- es que se puede leer de un suácate. Lo mismo sucede con un libro de cuentos que, aunque sea largo como el compilado de relatos de Flannery O’Connor, uno termina por elegir lo que le agrada y desechar lo que no resulta atractivo.

De Vargas Llosa he leído “Los Cachorros”, “La Ciudad y los Perros” y “La Fiesta del Chivo” -podría asegurarles que he disfrutado de todas sus obras pero no es mi estilo caer en la mentira fácil y grandilocuente-.

Y la verdad es que me ha gustado mucho su estilo narrativo, con buenas historias, desarrollo magistral de personajes, diálogos geniales y ese amor por la vida que se traduce en una especie de empatía, de narrar lo humano sin caer en moralismos y de mostrar una cercanía maravillosa, casi como la de un vecino, un familiar o un compañero de trabajo que te relata algo interesante.

Aún estoy empezando "Conversación en la Catedral" y me queda mucho por leer. Lo único que tengo claro es que estoy atrapado en una novela que muestra una situación extrema –una dictadura- donde, tal como indica la reseña, “sus personajes, las historias que estos cuentan, los fragmentos que van encajando, conforman la descripción minuciosa de un envilecimiento colectivo”.

Puedo anticipar, sin temor a equivocarme, que terminaré esta novela dispuesto a leerla una segunda o tercera vez, tal como sucede con lo que a uno realmente le gusta.

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