domingo, enero 22, 2012

Artículos publicados en Revista Actualidad Online edición enero-2012


Los invito a revisar la edición online de la revista Actualidad de la Unidad de Relaciones Públicas UACh, la cual cuenta con la colaboración de los colegas periodistas que trabajan en otras unidades y Facultades de la Universidad Austral de Chile.

La dirección de la revista es http://actualidad.uach.cl/ y allí podrán encontrar una interesante recomendación de una experta, un fotorreportaje, columnas de opinión, artículos, reportajes, entrevistas, breves y un testimonio de un exalumno UACh a quien esta institución le cambió la vida.

Para conocer el listado de artículos de la edición de enero de 2012 puedes revisar aquí.

domingo, enero 01, 2012

Vidas cruzadas


Conmovedores son los cuentos del escritor norteamericano Raymond Carver. “Parece una tontería” revela cómo le cambia la vida a una familia destrozada por la muerte de su hijo Scotty, luego de ser atropellado por un auto. Lo que sería un feliz cumpleaños se transformó en un luctuoso diálogo con el pastelero a quien le enviaron a hacer esta delicia que no retiraron a tiempo.

Este cuento, más otros ocho relatos y un poema, aparecen en el libro “Vidas Cruzadas” (Short Cuts), que a su vez contiene las obras que le dan vida a la película del cineasta Robert Altman.

Para el cineasta, lo que hace Carver es “captar las maravillosas idiosincrasias del comportamiento humano, esas idiosincrasias que se dan dentro de lo azaroso de las experiencias de la vida”.

Idiosincrasias tan sencillas como la de una obsesionada vendedora de vitaminas, la de un matrimonio que admira a sus vecinos, la de un marido que escucha las críticas que hacen de su mujer los clientes del café donde ella trabaja, la de un hombre cuyo matrimonio se cae a pedazos, la de asesinos casuales, entre otros.

Puede que la narrativa de Carver sea un poco triste para algunos, no obstante uno termina encariñándose con la forma, con la capacidad que tiene de hacerte cómplice de esas vidas comunes pero al mismo tiempo novedosas que transitan por lugares como los departamentos de los Miller y los Stone, el restaurant donde trabaja la señora de Earl Ober –el protagonista de “No son tu marido”-, el local de un humilde pastelero o bares como Off-Broadway, The Keg o Dupee’s.

Mención aparte merece el poema “Limonada” que es más bien una narración sobre la muerte del hijo de un señor llamado Jim Sears en las aguas profundas del río Elwha, en Estados Unidos. El padre sufre y se desmorona, echándose la culpa por mandar “a su hijo al coche a buscar aquellos termos con limonada”...

Muchas veces evitamos estos temas pero seamos francos, no solo debemos aprender a vivir, también a estar preparados para morir, a disfrutar y a sufrir, a ganar y a perder con dignidad –no seamos exitistas-. Son las dos caras de la misma moneda que podemos apreciar desde la mirada de Carver.

* Esta columna fue publicada en El Diario Austral Región de Los Ríos.

lunes, septiembre 12, 2011

La pobreza no es tan dura con amor


Todo se acabó cuando mi padre “perdió el juicio” al dejar a mi madre por una obrera que trabajaba en la misma planta procesadora de mariscos y crustáceos. Mi madre era un poco mayor que él y los cuatro hijos que tenía que cuidar –dos niñas y dos varones- no le dejaban tiempo para dedicarse a él, el macho recio de la casa, el proveedor, el obrero ejemplar, que corría raudamente, con su cuerpo atlético, espartano, por los gélidos y resbaladizos pasillos, doce horas al día, de lunes a sábado.

En esta pequeña ciudad del archipiélago, las dueñas de casa desconfían de los turnos de noche de sus maridos, pero lo aceptan, como parte de la vida, del destino, de los designios de nuestro señor y la virgen. Sin embargo, mi madre comenzó a dudar de mi padre la semana en que empezó a llegar un poco más tarde que de costumbre, a eso de las doce de la mañana, muy cansado pero al mismo tiempo relajado, feliz, silbando incluso. Aunque mi madre no encontraba forma alguna de cuidarnos a todos, entre llantos, desorden y ollas humeantes. Solo yo, el mayor, me encargaba de ayudarle todo lo posible junto a mi hermano, un año menor.

Mi padre decía que le estaban dando más trabajo, que no le quedaba otra. Mi madre le creía o al menos hacía como que le creía.

La confianza se trizó el día en que escuchó un rumor más o menos cierto. Una muchacha joven, que lideraba una línea de trabajo con pesa, calculadora y planillas en mano, estaba metiéndose con su marido. No lo podía creer, pero tampoco le preguntó, por temor a los golpes que en más de alguna ocasión escuchamos nosotros, sus atemorizados hijos.

Pero las cosas se aclararon una lluviosa mañana de jueves, cuando llegó con unas marcas rojizas en el cuello. Esa mañana de agosto, él se hizo el tonto, mientras mi madre se puso a llorar. Mi padre subió al segundo piso e hizo sus maletas. Le pregunté qué pasaba. Me dijo que se iría de la casa, pero que pagaría una pensión alimenticia. Le pregunté por qué hacía esto. Sólo me respondió: “Me voy del archipiélago pero vendré a verlos cuando pueda”.

Desde esa mañana las cosas se pusieron más difíciles que nunca. Mis padres se separaron, vendieron la casa –en un barrio obrero cercano al matadero de la ciudad- y nos fuimos de allegados a la casa de mi abuela materna, una señora media sorda que peleaba a cada momento con mi madre. “Inepta”, era lo más suave que le decía cada vez que discutían en la estrecha cocina, con vista a uno de los cerros de la ciudad.

Con el dinero de la venta de la casa matrimonial nos salvamos de quedar en la calle. Aunque mi abuela materna no nos alojó gratis. Nos cobró por todo y le ayudó bien poco a mi madre. “Estoy muy vieja para criar nietos”, le dijo. Nosotros cuatro junto a mi madre alojamos hacinados en una cabaña de dos piezas, al lado de la casa de mi abuela.

Nos costó aceptar la partida de mi progenitor, quien, según supimos después, se fue a vivir al norte con la tipa esa. Nos mandaba cartas, algo de dinero y frascos con papayas al jugo. Lo único rico que comíamos porque mi madre no tenía tiempo para cocinar como antes. Tuvo que buscarse un trabajo que le diera dinero sólo para pagarle a una señora que criaba a mis hermanas más pequeñas, mientras nosotros dos, con mi otro hermano, íbamos al colegio en la mañana, comíamos en el establecimiento y en la tarde jugábamos con nuestros vecinos en las calles cubiertas por ripio, piedras y mucho barro en el invierno.

Nuestra bella familia se había ido a las pailas, lo cual yo, sobre todo yo, lamenté mucho. Porque antes éramos pobres pero eso no importaba, porque igual éramos felices. Nuestro padre se preocupaba de nosotros, nos traía regalos –“engañitos”, decía él- comprados en pequeños y destartalados bazares de la ciudad, donde las ofertas tenían faltas ortográficas y eran escritas con plumones de color negro sobre cartulinas celestes. Con poco dinero, mi madre nos preparaba platos que le quedaban exquisitos. Sus niñitos envueltos –hechos con carne y hojas de coles-, sus estofados de cochayuyo, sus preparaciones de luche con papas mayo, sus curantos en olla, sus pantrucas –“pancutras” les decía-, sus milcaos, sus chapaleles y sus chochocas no tenían nada que envidiarle a las sofisticadas preparaciones de Ferrán Adrià. Ella se preocupaba de comprar y hacer trueque en mercados, terminales de buses rurales, en algunos de los dos muelles de la pequeña ciudad donde vivíamos y en localidades campesinas emplazadas al norte del archipiélago, donde conseguía productos baratos con los cuales hacía kuchenes y mermeladas caseras, con grosellas, frutillas, frambuesas, manzanas, avellanas, murtas, mosquetas y moras –“murras”, para ella-. Ni hablar de los “pois” sacados del bosque y de las nalcas y chupones que traía cada verano de la playa, donde incluso extraía machas y choritos; nosotros cuidábamos a nuestras hermanas. La leche asada era su obra cúlmine, postre digno de ser probado por Anthony Bourdain, el chef superstar a quien admiro.

Sin embargo, todo se acabó con la separación y con el ingreso forzado de mi madre a las filas de obreras mal pagadas de la ciudad. Con suerte los domingos nos recordaba tiempos mejores, al preparar un kuchen o el pan casero que tan bien le quedaba, con esa pizca de manteca de chancho con llidé. Un par de veces repitió su noble hazaña. Pero un domingo mi abuela la paró en seco y le prohibió meterse en su territorio: la cocina que compartíamos de mala forma con esta iracunda mujer de setenta años. Y así nos acostumbramos a comer todos los días del año las desabridas y mal aspectadas preparaciones de mi abuela, que era capaz de hacer una cazuela con dos gramos de carne y un almud de papas, porque bueno, somos isleños y tenemos que comer papas, el alimento primario de la dieta local.

Las cosas siguieron así, al menos durante cinco años. Pero todo cambió cuando mi madre tuvo la oportunidad de ir a una de esas fiestas que organizan en el segundo piso del cuerpo de bomberos, donde conoció a un camionero, de quien se enamoró. De a poco el camionero nos fue conociendo y conquistando, trayéndonos dulces en cada visita a la casa, al mismo tiempo que esquivaba con total naturalidad los comentarios pesados de mi abuela.

Cada vez lo sentíamos más cercano; incluso yo lo veía casi como a un padre. El broche de oro lo puso la tarde de primavera en que nos invitó al salón de té de la panadería de unos inmigrantes alemanes quitados de bulla y nada de elitistas, donde nos compró unos exquisitos pasteles y nos dio también unas calugas morenas, de ésas que le dan fama al local. Allí nos convenció, con humildad y cariño, que él podía ser un padre para nosotros y un buen marido para mi madre. Siempre escuché a mis parientes decir –sobre todo mujeres- que los hombres que les gusta lo dulce son buenos maridos. Y en este caso se cumplió a cabalidad ese dicho. El camionero nos dio techo y educación –ya estábamos todos crecidos y podíamos ir al colegio solos-, pero además hizo que la reina de la cocina retornara a su palacio de ollas, sartenes, hornos, preparaciones, alimentos sencillos y especias. Mi madre nuevamente nos hizo recuperar el gusto por la vida, por la comida sencilla pero bien hecha, sabrosa. Con ella también descubrí mi verdadera vocación.

Años después estudié cocina y me convertí en un chef, no superstar como Bourdain pero al menos muy apasionado y comprometido con mi trabajo. Actualmente trabajo en un pequeño restaurant de mi ciudad natal, donde me dedico a contar, en español, inglés o mapudungun, las historias detrás de la comida insular a los turistas que quedan encantados con las recetas de mi madre, que yo interpreto a mi manera, un poco más profesional, como se dice, con ese solapado desprecio academicista. Para ello, no sólo cocino, también investigo, converso con mucha gente y leo todo sobre el archipiélago, desde guías turísticas, artículos periodísticos, libros de historia oficial, literatura, crónicas e incluso cuadernillos de la historia, hechos por niños de localidades y comunas que les preguntaron a sus abuelos sobre el pasado.
Con los niños envueltos los clientes alucinan. Más que el sabor, les encanta el nombre y la historia que les cuento, de cómo los buscadores de oro en una localidad costera -cercana a la ciudad- apreciaban este plato que les hacía mi madre cada vez que acompañaba a mi abuelo materno (que en paz descanse), en esa infructuosa cacería del metal dorado, en medio de la lluvia invernal y frente al mar, con sus espumosas fauces, hídricas y salobres.

Cuento: Gómez Guenchor. Fotografía: ídem.

domingo, septiembre 04, 2011

Cuento: Transparente


Ser madre primeriza no había sido fácil. Por eso Amanda no lo dudó cuando su suegra le ofreció quedarse con Julián una tarde de sábado. “Necesitas distraerte un rato; no has salido a ningún lado desde que nació Julián”, le dijo su suegra.

Aunque Amanda estudió administración por las razones económicas que le impusieron sus
padres, era un secreto a voces en la familia que ella soñaba con ser artista visual. Eso explica por qué lo primero que hizo ese sábado fue buscar los museos y galerías que frecuentaba en sus tiempos de soltería.

Esa tarde quedó impactada con la belleza de las fotos de Henri Cartier-Bresson en el Bellas Artes. Luego de ver la exposición y repasar una y otra vez cada una de las fotos, salió del museo y se dejó tentar por un sofisticado café. Nada la distrajo más que un mocachino hasta que fue al baño unisex y se dio cuenta de que la puerta era transparente. Aunque la música lounge y las risas de los parroquianos lograron distraerla unos segundos, no pudo ocupar el excusado. Podía declararse liberal, progre, y leer The Clinic o Blank, pero no ocupar un baño con puertas transparentes. Jamás. Menos con el sobrepeso y la celulitis ganados durante su embarazo.

Cuento: Gómez Guenchor.
Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Reconocimiento del Taller Folclórico Raíces de la UACh


En abril de este año (2011), el Taller de Folclor Raíces del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Austral de Chile nos entregó a mí y a mi colega Daniel Navarrete, periodista de cultura de El Diario Austral Región de Los Ríos, un reconocimiento al compromiso por difundir la cultura tradicional de nuestra patria.

El reconocimiento se enmarcó dentro de la "XV Cita con el Folclor", organizada cada año en Valdivia por el destacado grupo folclórico.

A mí se me entregó este premio en mi calidad de periodista del Área de Prensa y Medios de RRPP UACh.

Agradezco mucho este galardón a Erika Jara, Presidenta del Taller de Folclor Raíces, y a todos quienes integran esta agrupación cuyo trabajo vale la pena conocer (ver aquí).

Valoro mucho esto porque es el segundo reconocimiento importante que he recibido. El primero fue el Mérito a la Acción Social (2001) otorgado por la Universidad Austral de Chile en la época en que era estudiante de Periodismo.

Fotografía: Héctor Andrade Ch., RRPP UACh.

viernes, junio 17, 2011

Consejos para Publicar


Guillermo Schavelzon & Asoc.S.L.
Agencia Literaria


A los escritores y escritoras que buscan agente literario o editor:

En nuestra agencia –una agencia literaria pequeña— recibimos cada día cinco a seis solicitudes de representación. Nuestro trabajo es representar escritores, por lo que recibir esta cantidad de propuestas es lo mejor que nos puede suceder. Pero como se podrá comprender, no tenemos ninguna posibilidad de leer cinco o seis manuscritos por día, además de cumplir con todo el trabajo cotidiano para los escritores que representamos. Algo similar, pero magnificado, sucede en las editoriales: es tal la cantidad de propuestas y manuscritos que reciben, que no pueden ni siquiera considerarlos.

Muchos escritores no saben cómo contactar a un agente o a un editor de una manera conveniente. Por ello, nos permitimos enviarle algunas consideraciones y sugerencias sobre cómo presentar propuestas a una agencia o a una editorial. Creemos que –con las particularidades de cada escritor-, conocerlas es fundamental.

Enviamos esta carta con la intención de ofrecer la poca ayuda que nos es posible dar. La experiencia es que el 95% de la gente nos agradece el envío, y un 5% nos responde con irritación y molestia por nuestra posición. Esta carta, que es sólo una opinión de muchas más, está dirigida al primer 95%, con la mejor intención.


Cordialmente,
La Agencia


CONSEJOS PARA PUBLICAR

Hay escritores que están convencidos de haber sido rechazados en más de una editorial, sin que su obra haya sido leída. Y es cierto. Las editoriales rechazan –muchas veces sin mirar— la gran mayoría de los materiales que reciben, y esto se debe a la enorme cantidad de manuscritos que les llegan cada día, sin que el autor se haya tomado el trabajo de preparar la información de una manera conveniente para que la puedan considerar.

Muchas de las desagradables experiencias de rechazo, son en buena parte consecuencia de no saber cómo presentar un proyecto o un manuscrito a una editorial. El encontrar un agente o un editor, que a veces resulta tan difícil, es algo que se puede resolver escribiendo. Nuestra propia experiencia nos muestra que las formas más efectivas para lograrlo, son todas por escrito.

Sabiendo cómo vender un proyecto o un manuscrito, las posibilidades de llegar a un contrato y ser publicado aumentan notablemente. Es importante saber utilizar los procedimientos habituales en el mundo internacional de la edición, para presentar una propuesta editorial.

Es habitual creer que sin una recomendación personal no se consigue nada. Y no suele ser así; es más, la “recomendación personal” es un recurso del que se abusa tanto, que los editores no lo toman muy en cuenta.

Los editores están siempre sobrecargados de trabajo. Cuando un escritor que quiere publicar consigue una entrevista personal con un editor gracias a una recomendación, se está produciendo a sí mismo un daño. Porque el editor lo recibirá por compromiso con quien lo recomendó, y el escritor desaprovechará esa oportunidad hablando de algo que el otro no conoce ni tiene interés en escuchar. Al final le dejará un manuscrito que –en la mayoría de los casos—, irá a parar a una pila de descarte. En el mejor de los casos, le será devuelto unas cuantas semanas después con una carta más o menos amable de rechazo.


Por qué resulta difícil publicar


No es complicado entender por qué es difícil y frustrante la búsqueda de una editorial cuando está mal hecha. Una editorial grande, recibe más de mil nuevas propuestas de edición por año (seis por cada día de trabajo). Son enviadas espontáneamente por escritores a quienes nadie se los solicitó, por editoriales extranjeras, y por agentes literarios de todo el mundo. De esas 1.000, la editorial contratará 20 o 30, ya que el resto de los libros que publica son obras que los editores han encargado, que vienen por contrataciones internacionales de la casa matriz, o son nuevas obras de autores que ya publican en la casa.

Cuando la prestigiosa editorial norteamericana Doubleday decidió, hace varios años, no aceptar más manuscritos que no sean de los autores de la casa, o que provengan de agentes literarios reconocidos, estaba recibiendo 10.000 manuscritos no solicitados al año: 45 por cada día de trabajo.

Recibir, leer, evaluar y eventualmente devolver cinco o seis propuestas diarias, requiere del trabajo de dos o tres editores de tiempo completo. Hoy ninguna editorial está en condiciones de asumir esta tarea. Cuando alguien lo hace en los momentos libres, suele ser quien recién comienza, justamente la persona menos preparada para este tipo de evaluación.


“Los editores suelen estar sobrecargados de trabajo. Reciben durante todo el día numerosas llamadas telefónicas de autores y agentes, de los departamentos de publicidad, marketing y producción de su empresa; asisten a reuniones en las que toman decisiones sobre cubiertas, nuevas adquisiciones, programas de producción; entrevistan, contratan y despiden ayudantes; negocian con la dirección la adquisición de aquellos libros que desean publicar, presupuestos de promoción para esos libros, y aumentos de salarios y ascensos para ellos mismos.

El resultado de todo esto es que buena parte de su trabajo de edición y, habitualmente, casi todo su trabajo de lectura queda relegado a las noches y los fines de semana, que nunca son suficientes, sobre todo si tenemos en cuenta la gran avalancha de manuscritos que continuamente se acumulan sobre ellos. Tienen que dedicar la mayor parte del tiempo a proyectos ya contratados, a libros en los que su empresa ha invertido ya una suma considerable de esfuerzo y dinero, una inversión que tiene que ser alimentada y protegida por los editores, que se esfuerzan por ayudar al autor a conseguir que el libro sea presentado en condiciones óptimas. Todo eso deja al editor muy poco tiempo o fuerzas para dedicarlo a un autor nuevo, a menos que lo que ese autor le presente sea realmente maravilloso”

Albert Zuckerman, Cómo escribir un best seller.


Una propuesta por escrito, bien hecha, tiene muchas más posibilidades de lograr aceptación, y de llegar a un contrato de edición. “La Propuesta” o “La Propuesta Editorial” (“Editorial Proposal”, en el mundo internacional de la edición), es como se denomina lo que el escritor envía al posible agente o editor, para interesarlo por un manuscrito o un proyecto. La Propuesta consta de una serie de informaciones clave sobre el autor, la obra y el público al que va dirigida, que no tienen que ocupar demasiadas páginas, y cuya elaboración no es ningún desafío para quien fue capaz de escribir un libro entero.


La presentación a una agencia literaria o a una editorial, consta de dos etapas:

1. La Carta de Presentación

2. La Propuesta Editorial

La Carta de Presentación es una primera comunicación escrita, de una página como máximo, presentándose usted y su libro o proyecto de libro, en la que se pregunta al agente o al editor si tiene interés en recibir una Propuesta más amplia.

La Carta de Presentación ahorra muchísimo tiempo, frustraciones y dinero. Si un agente o una editorial no responde a la misma, usted se habrá ahorrado hacer una copia completa del manuscrito y los gastos de correos, ya que de enviarlo tampoco hubiera recibido atención.
La Carta de Presentación


El principal desafío es cómo llamar la atención de agentes o editores que están sobre-demandados, faltos de tiempo, y que reciben una gran cantidad de propuestas, además de la suya.

Si bien no hay una receta que garantice el éxito, la experiencia muestra qué conviene hacer y qué no. Lory Perkins, una exitosa agente de Nueva York, hace algunas sugerencias muy concretas para escribir una Carta de Presentación:

· Nunca envíe una carta de presentación de más de una página. Doscientas cincuenta palabras tienen que ser suficientes para presentarse a usted mismo y a su libro. Llevo vendidos más de 2.000 libros y nunca envié a un editor una carta de más de una página. Si me sale más extensa, la rescribo.
· Busque provocar una clara y sencilla primera impresión. Escriba lo imprescindible.
· No envíe cartas manuscritas, que dificultan la lectura. Escriba con una tipografía legible, en cuerpo 10 a 12, ni menor ni mayor, sin adornos ni colores. Son todos gestos de aficionado que no impresionan a ningún editor.
· No intente ser original o gracioso, a menos que esté ofreciendo un libro de humor, y esto sea parte de su presentación. Usted está buscando una relación profesional, no un intercambio entre amigos.
· No le diga al agente o al editor a quien ni siquiera conoce, cuánto lo respeta o lo admira. Los elogios injustificados no ayudan con los profesionales serios.
· No olvide agregar sus datos completos: nombre, dirección, teléfono, e-mail y horarios para recibir llamadas. Se sorprendería del número de escritores que olvidan incluir sus datos en las cartas, y es imposible responderles.

La Carta de Presentación para una obra de ficción y una de no-ficción, no difieren demasiado. Por lo general, las de no-ficción deben ofrecer más información sobre el autor, ya que sus antecedentes suelen ser definitivos para lograr la contratación.

Cuando un agente o un autor presentan una novela a un editor, cuando el editor la presenta a sus comités editoriales y cuando la editorial la presenta a los libreros, cuanto más sintética es la presentación, mejor.

Peter Rubin, agente literario, dice que la mejor sinopsis de una novela es una larga frase, porque muestra que ambos, -el autor y la novela-, están bien enfocados. Y agrega contundente: “si un escritor es incapaz de describir su novela en una frase, probablemente a ese libro le falte bastante trabajo.”

En síntesis:

Nunca envíe manuscritos. Comience enviando una Carta de Presentación a quien le interese como agente o editor. Tenga preparada La Propuesta para enviarla de inmediato, si se la solicitan. Si le responden que no interesa, o no le responden en una a dos semanas, siga enviando la Carta de Presentación a todos los agentes o editores que usted piense que se pueden interesar. Si prefiere enviar a varios agentes y/o editores al mismo tiempo, indique claramente en la carta que está haciendo un envío simultáneo a varios.

La Carta de Presentación debe contener:


1. Destinatario con nombre y apellido correcto.

2. Una breve presentación del autor (datos significativos como escritor, no su historia personal).

3. Un párrafo de descripción del tema o argumento.

4. Alguna mención del público al que el libro está dirigido (nunca ponga “para todo público”, porque esto no existe, y el editor creerá que usted no piensa en los lectores).

5. Alguna estimación sobre “el mercado”. (“Hay 5.000 estudiantes de cine en la Argentina”, o “la novela tal sobre un tema similar vendió treinta mil ejemplares”, etc.).

6. Información determinante para la promoción del libro (“tengo una cátedra de 1.500 alumnos”, o “escribo diariamente en varios diarios del interior”)

7. Su nombre, dirección, teléfono y e-mail. Si no tiene correo electrónico, es hora de tenerlo, saque uno gratuito. Un escritor que no usa esta tecnología será considerado como alguien extraño en una editorial.


La Propuesta Editorial consta de:


1. Autor y título del libro.

2. Una sinopsis argumental de la novela (2 a 3 páginas) o del libro que usted quiere escribir si es de no-ficción (muchas veces estos libros se escriben cuando ya hay un editor interesado). Este texto tiene que dar un panorama general de su obra.

3. El índice, en especial si se trata de un libro de no-ficción.

4. Una muestra de escritura: uno o dos capítulos, no más de 15 páginas en total.

5. Información relevante sobre usted y su obra anterior, si ya ha publicado. En este caso, conviene agregar un ejemplar.

6. Libros comparables. Muestre que conoce lo que ya se ha publicado y que tenga algo similar al que usted propone, y explique por qué su libro es diferente. (1 página).

7. Información “de mercado” (1 página). Esto se refiere a quiénes serán los compradores de su libro. Si se trata de un libro de no-ficción, en Internet se puede obtener muchísima información (por ejemplo cuántos periodistas hay en el país, el número de miembros de cualquier organización profesional, cuánta gente viaja por año a Brasil, etc.) Si se trata de una novela, describa a qué tipo de lector se dirige, quiénes son, qué otros libros leen, etc.

8. Información útil para promoción (uno o dos párrafos); por ejemplo sus contactos en los medios si los tiene, o el número de alumnos, o las organizaciones o grupos a que está vinculado, tanto en el país como en el exterior.

9. Prensa: si usted ha tenido notas de prensa, críticas o entrevistas publicadas, agregue cuatro o cinco, no más. Elija las más representativas. Una crítica moderada de un gran diario vale mucho más que un elogio de un medio menor.

* Créditos fotografía: www.lalibreriadevaldivia.cl

domingo, abril 03, 2011

El Libro Negro


Durante un viaje en bus entre Valdivia y Ancud leí gran parte de la novela “El Libro Negro” de Orhan Pamuk, escritor turco cuya prosa encanta por su descripción pormenorizada de aquellos objetos, situaciones o personajes que merodean por las calles de Estambul, mezclando modernidad con tradición.

En este novela policial y best seller –lo cual no me desanimó para nada; dejemos el purismo para los críticos - se entrecruzan textos antiquísimos y tradicionales, amor por el periodismo y la literatura, política y por supuesto se menciona de vez en cuando al Bósforo, atractivo fluvial que me recuerda a mi ciudad adoptiva, Valdivia, cuyos ríos son maravillosos y dignos de ser inmortalizados por artistas e historiadores.

Como me pasa con Vargas Llosa, Pamuk destaca por ese amor por los detalles de la vida, por atender esos susurros que sólo escuchan quienes se detienen un momento a develar los recovecos de la identidad local mezcladas con esas grandes marcas de automóviles o de otros famosos productos o servicios. Diversidad que hacen que la vida sea más entretenida y menos monótona con sus diálogos y/o contradicciones entre mainstream y under (o indie), entre establishment y contracultura, entre culto y popular, y sobre todo en este caso, entre Occidente y Oriente –no olvidemos que Turquía es un país euroasiático, forma parte de la región donde se ubica la compleja península de Los Balcanes y en algún momento de la historia fue cabeza del gran Imperio Otomano-.

En ese contexto, me gusta mucho el final de esta novela: “Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo”.

Los Cuentos de Juan Rulfo


Como dije en un posteo tiempo atrás, los relatos de Juan Rulfo logran conmover con esos diálogos y puntos de vista de campesinos pobres que aparecen en cuentos como “Nos han dado la tierra” o “No oyes ladrar los perros”.

Además de las imágenes hermosas que elabora Rulfo, por ejemplo en “Nos han dado la tierra” (“Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”) y en “No oyes ladrar los perros” (“La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda”).

Me gustan los cuentos de Juan Rulfo y espero con ansias poder leer su novela “Pedro Páramo”.

Rulfo es el mejor ejemplo de que en narrativa lo que importa es la calidad y no la cantidad. Aquí no importa el publish o perish.

Conversación en la Catedral


En los tiempos que corren, en que abunda lo fragmentario, la brevedad del mensaje de texto o los comentarios en Facebook o Twitter, no es fácil embarcarse en la aventura de leer una novela como “Conversación en la Catedral” del destacado peruano escritor Mario Vargas Llosa.

La ventaja de la nouvelle -o novela corta- es que se puede leer de un suácate. Lo mismo sucede con un libro de cuentos que, aunque sea largo como el compilado de relatos de Flannery O’Connor, uno termina por elegir lo que le agrada y desechar lo que no resulta atractivo.

De Vargas Llosa he leído “Los Cachorros”, “La Ciudad y los Perros” y “La Fiesta del Chivo” -podría asegurarles que he disfrutado de todas sus obras pero no es mi estilo caer en la mentira fácil y grandilocuente-.

Y la verdad es que me ha gustado mucho su estilo narrativo, con buenas historias, desarrollo magistral de personajes, diálogos geniales y ese amor por la vida que se traduce en una especie de empatía, de narrar lo humano sin caer en moralismos y de mostrar una cercanía maravillosa, casi como la de un vecino, un familiar o un compañero de trabajo que te relata algo interesante.

Aún estoy empezando "Conversación en la Catedral" y me queda mucho por leer. Lo único que tengo claro es que estoy atrapado en una novela que muestra una situación extrema –una dictadura- donde, tal como indica la reseña, “sus personajes, las historias que estos cuentan, los fragmentos que van encajando, conforman la descripción minuciosa de un envilecimiento colectivo”.

Puedo anticipar, sin temor a equivocarme, que terminaré esta novela dispuesto a leerla una segunda o tercera vez, tal como sucede con lo que a uno realmente le gusta.

domingo, octubre 31, 2010

"Manual de ambigüedades"


Es el nombre del primer libro publicado por el autor valdiviano Daniel Carrillo.

A través de este libro podrán disfrutar de una fantástica experiencia, ya que la obra ofrece una mirada original del sur, descripciones fabulosas del bosque y de los días lluviosos.

Como Chejov, Daniel Carrillo cuenta historias de su aldea pero que al mismo tiempo son tremendamente universales.

Me gustaron la mayoría de los cuentos -algunos de ellos con un dejo cortaziano-, sobre todo "Huellas en el barro", "El mal", "El último deseo", "Otro sueño", "Las verdes manzanas de la edad", "Divertimento" y "El blues de la noche de San Juan".

En una segunda lectura me encontré con una verdadera joya denominada "Último Retorno", un cuento maravilloso, principalmente por el ambiente que genera, con chucaos, grandes aguaceros a finales de junio, golpeteos frenéticos de carpinteros negros, amarillentos hongos silvestres y barbas verdes. Lo que podría resumirse mejor como “cantos de pájaro que sólo se oyen en medio del mudo corazón del bosque”, frase con la que termina el cuento.

Lo paradojal es que en este escenario paradisíaco se produce “el sangriento epílogo de la Operación Retorno del MIR en Neltume, pero casi en clave infantil”, como me señaló Carrillo en mi Facebook.